18 Mar Manzana de la Discordia
MANZANA
DE LA DISCORDIA
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Quien más quien menos ha oído hablar de la Manzana de la Discordia de Barcelona. Este concepto se refiere a la manzana de casas del Paseo de Gracia comprendida entre las calles Consell de Cent y Aragó. Pero ¿por qué este nombre tan peculiar? El destino, siempre caprichoso, quiso que en este tramo de calle coincidieran los tres grandes arquitectos del Modernismo catalán: Lluís Domènech i Montaner, Josep Puig i Cadafalch y Antoni Gaudí. Ellos fueron los artífices de las casas Lleó i Morera, Amatller y Batlló, que hicieron debatir a los barceloneses sobre cuál de las tres merecía la manzana de oro que debía concederse a la más bella, igual que en el mito griego en el que Paris debía decidir qué diosa era merecedora de ella.
Dado que en castellano la palabra que designa tanto el fruto como la manzana urbana es la misma, manzana, se hizo este juego de palabras porque precisamente era un término muy similar al que Cerdà utilizaba para definir estas cuadras: mansanas. El ingeniero y artífice del Eixample de Barcelona creó esta palabra a partir del concepto mansus, que en latín hacía referencia a un lugar donde hacer una estancia y que posteriormente, en el siglo XI, daría lugar al concepto mas en catalán. La lógica que él siguió era que, si un mansus era una casa, ¿por qué no podía ser una mansana un conjunto de casas? Aunque esta definición aparece en sus escritos teóricos, el término nunca llegó a utilizarse de forma generalizada en catalán, siendo sustituido por Illa (Isla en castellano). Sin embargo, el término Manzana de la Discordia ha llegado hasta nuestros días como un concepto histórico que hace referencia a este conjunto de casas tan singular.
La peculiaridad de estas edificaciones no reside únicamente en sus arquitectos, sino también en el hecho de tratarse de remodelaciones de inmuebles preexistentes. Las familias establecidas aquí querían que sus viviendas se diferenciaran del resto, y por ello no les bastaba vivir en una casa igual a la del vecino. Por este motivo, las cinco casas originales construidas según los parámetros del Plan Cerdà entre 1864 y 1877 fueron adquiridas por nuevos propietarios. Estos encargarían sus reformas, que se llevarían a cabo entre 1898 y 1915, dando lugar a la famosa manzana de casas.
El primero fue Antoni Amatller, industrial chocolatero que adquirió la Casa Martorell de 1875 en el año 1898. Las obras, confiadas a Josep Puig i Cadafalch, fueron finalizadas en 1900. La Casa Amatller destacará por su fachada, claramente inspirada en los edificios del norte de Europa, y por la profusión escultórica que la decora, al mismo tiempo que narra aspectos sobre la familia, como su negocio o sus aficiones. La construcción supuso una ruptura con la normativa urbanística, no solo en altura —motivo por el cual Antoni Amatller estuvo inmerso en un largo litigio— sino también en cuanto a la cantidad de aberturas. La regularidad del edificio anterior se rompe con un número diferente de ventanas en cada piso.
Le sigue la reforma encargada por Francesca Morera, que había heredado el edificio de su tío Antoni Morera i Busó. La familia, enriquecida con el negocio de la caña de azúcar en Puerto Rico, pudo regresar a la capital catalana con la fortuna obtenida. Ella decidió confiar el proyecto a Lluís Domènech i Montaner, iniciándose en 1902 y finalizando las obras en 1905, ya con su hijo Albert Lleó i Morera como propietario, puesto que ella había fallecido el año anterior. Es, con diferencia, la casa menos respetada, ya que actualmente presenta unos bajos y un coronamiento reproducidos en los años 90.
La tercera reforma es la encargada por Josep Batlló al arquitecto de los Güell, Antoni Gaudí. El empresario textil quería una casa muy diferente, sobre todo teniendo en cuenta las que otros arquitectos, como Josep Vilaseca, habían realizado para familiares suyos. Él quería hacer de su vivienda la más comentada de toda Barcelona. La intervención de Gaudí, realizada entre 1904 y 1906, presenta una línea arquitectónica totalmente distinta a la vista en las casas anteriores, donde las referencias tenían una base más histórica, mientras que aquí es la naturaleza la inspiración.
Aunque la manzana también incluye las casas Mulleras y Bonet, números 37 y 39 respectivamente, al haber sido construidas en un estilo más clasicista, más cercano al Noucentisme, se habla menos de ellas. Sin embargo, consideramos importante mencionarlas, ya que la Casa Mulleras es la reforma que Enric Sagnier realiza sobre el edificio original de 1868. Su producción es la más extensa de la Barcelona de la época, por tanto contemporánea a Gaudí, Domènech y Puig, pero como su estilo es mucho más clásico y afrancesado, y menos ligado a las líneas modernistas, su figura ha quedado más disimulada. Esto es algo que podemos ver en la Casa Mulleras, que además es la única de las cinco que respetó la normativa urbanística de alturas de 1891, que establecía que los edificios debían tener menos de 22 metros de altura.
La última casa, encargada por Josefina Bonet al arquitecto Marcel·lí Coquillat, natural de Elche, sigue las líneas clasicistas de la anterior, con elementos muy italianizantes como la tribuna que asimila un arco serliano.
En pocas palabras, no parece extraño que la prensa de la época iniciara este debate, ya que aún hoy sigue vigente esta discordia, con miles de transeúntes, tanto locales como extranjeros, que quedan boquiabiertos ante la profusión artística que converge en esta manzana.
Cristina Rodríguez, graduada en Historia del Arte
Cases Singulars.