Palau de la Música Catalana

Palau de la Música Catalana

Entre el modernismo y la modernidad: La evolución arquitectónica del Palau de la Música Catalana

El Palau de la Música Catalana, obra del arquitecto modernista Lluís Domènech i Montaner, es por todos conocido. Quien más quien menos ha asistido a algún concierto en el Palau o ha admirado su fachada al pasar por delante. Pero, independientemente de la percepción estética, el edificio esconde una serie de resoluciones técnicas que lo hacen merecedor de los premios y catalogaciones que ha obtenido, como su entrada en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1997. Para hacernos una idea, debemos empezar por el principio.

El presidente del Orfeó Català, Joaquim Cabot, contacta con Lluís Domènech i Montaner para que le diseñe la sede de la entidad, que debe incluir tanto los espacios administrativos y de ensayo de los coros como una sala de audiciones. Para ello, se proporciona al arquitecto un terreno de planta irregular, resultante de la demolición del claustro de la iglesia de Sant Francesc de Paula, en el barrio de Sant Pere, junto a la futura Via Laietana. Domènech i Montaner no solo tendrá que lidiar con las reducidas dimensiones del suelo, sino también con la altura máxima impuesta por la ley urbanística y con la dificultad de tener luz natural en un vecindario de calles estrechas.

Estructuralmente, Domènech i Montaner llevaba inmerso desde hacía años —y a través de otros proyectos, como el Café-Restaurante de la Exposición o el Hospital de Sant Pau— en la creación de un esqueleto que combinara las mejores cualidades técnicas del ladrillo, material tradicional, y el hierro, hijo de la revolución industrial. Como resultado, una estructura reticular metálica que es el alma del Palau, y que es la razón por la que se pueden conseguir estos grandes ventanales y un espacio tan diáfano.

No olvidemos que la sede del Orfeó también debía estar ubicada en el edificio, y que, al ser un espacio de uso diario, debía ser fácilmente accesible. Aquí es donde el arquitecto encontrará una de sus soluciones: al ubicar estos espacios en la planta baja, la entrada era directa desde la calle. Además, la sala de audiciones se colocará en el primer piso, lo que permitirá corregir la irregularidad del terreno y dotar al auditorio de mucha luz natural. Como “casa de los cantos”, tal y como la llamó Joan Maragall, no era necesaria una sala oscura, sino que la luz podía entrar a raudales para que el deleite no fuera solo auditivo, sino también visual.

Pero, para entender el Palau, no podemos quedarnos solo con la obra de Domènech i Montaner, sino que tenemos que verla con las actuaciones y ampliaciones realizadas posteriormente por el equipo encabezado por Oscar Tusquets, que trabajó en dos fases: la primera, entre 1983 y 1989, y la segunda, entre 1996 y 2004. Estos trabajos tenían varios objetivos, como, por ejemplo, trasladar los espacios de gestión del Orfeó a un nuevo edificio, y reconvertir el antiguo espacio en cafetería, manteniendo algunos de los elementos originales, como los cerramientos de vidrio y madera. O, también, dar cabida a más público y actividades, lo cual se consiguió con la construcción de una nueva sala, el Petit Palau. Eso sí, en todas estas intervenciones, existía una idea en común: respetar y destacar el edificio original, y crear una continuidad entre los espacios con el uso del mismo material protagonista, el ladrillo.

Por otra parte, era necesario actualizar el Palau a los nuevos tiempos; así pues, se añadieron elementos que pasan desapercibidos, pero que son esenciales. Una de estas mejoras fue forrar las vidrieras originales, mejorando así la acústica de la sala y, al mismo tiempo, aislando el auditorio del bullicio de la ciudad moderna.

Precisamente en temas de acústica es donde Domènech i Montaner se enfrenta a uno de los retos técnicos más ambiciosos. El espacio disponible era reducido por la cantidad de aire necesario para una buena reverberación del sonido; por eso, el arquitecto aplica soluciones como la profusión decorativa: todos los elementos permiten romper las ondas sonoras y evitar el eco. Esta resolución fue útil para el encargo original, cuando en la sala cantaba el coro o se efectuaban conciertos de cámara. Posteriormente, con la intención de que el auditorio también acogiera conciertos sinfónicos, Tusquets y su equipo tuvieron que aplicar ciertos cambios para permitir los nuevos usos.

Por todo ello, el Palau de la Música Catalana debe concebirse desde una perspectiva de pasado y de presente, que permite entender cómo el ingenio del maestro Domènech i Montaner ha sido leído desde los tiempos posteriores, para poder acompañarlo y actualizarlo, para asegurar su pervivencia como la obra de arte total que es y será.

–Cristina Rodríguez Santiago, historiadora del arte