25 Nov El Panteón de la Casa Amatller
Cuando pensamos en el patrimonio cultural legado por Teresa Amatller y Cros, es probable que pensemos primero en la Casa Amatller del paseo de Gracia y en sus colecciones de artes, o en el archivo, fototeca y biblioteca, todos gestionados por la fundación que creó a inicios de la década de 1940, el Instituto Amatller de Arte Hispánico. Aún así, el otro elemento patrimonial también legado a la fundación para que cuidara, y que suele pasar desapercibido en el imaginario del patrimonio de los Amatller, es el Panteón de esta conocida familia en el Cementerio de Montjuic.
Habiéndose concluido la reforma hecha por el arquitecto Josep Puig i Cadafalch entre 1898 y 1900 para intervenir la Casa Martorell y transformarla en Casa Amatller, Antoni Amatller entendió que faltaba complementar esta con otra casa, la de su descanso final y el de su hija, a quien decidió confiar la tarea en su testamento de 1903, en caso de que él no lo consiguiera:
“Encargo a mi heredera […] que si yo durante mi vida no hubiese construido un panteón en el Cementerio del Suroeste de esta ciudad, lo manden construir á la mayor brevedad posible […] y es mi voluntad que á dicho nuevo panteón se trasladen los restos de mis padres, de mi primera hija y de mi tía Doña Paula Costa y Juliá, que hoy descansan en el panteón del Cementerio del Este de esta misma ciudad, queriendo que en el nuevo se depositen también mis restos y los de mi hija Teresa.”
Tal como se describe en el testamento, la primera evidencia documental y material que tenemos respecto de alguna sepultura familiar para los Amatller en Barcelona, la encontramos en el cementerio de Poblenou (o del Este). Se trata de una sepultura datada en 1971, e inicialmente compartida por las dos ramas familiares de la segunda generación de la empresa: Antoni y Domingo Amatller y Ràfols, hijos del fundador, Gabriel Amatller y Mas. Serían los restos trasladados de este, unos de los primeros en ocupar la sepultura el año mismo de su inauguración.
Seis años después, sin embargo, sus dos hijos morirían con pocos meses de diferencia en 1877, dejando completamente la empresa chocolatera bajo responsabilidad de Antoni Amatller y Costa, a sus 26 años (aunque ya estaba bajo su nombre desde 1873). Aún así, el segundo enterramiento en este espacio no sería el del padre y tío de este joven Antoni, sino el de la primera hija que había tenido con Cándida Cros y Circuns, Gabriela Amatller y Cros, que murió al poco de nacer en 1872. Eventualmente, moriría su madre, Eulàlia Costa i Julià en 1881, y la tía, Paula Costa i Julià, en 1901, siendo ambas enterradas en sus respectivos momentos en esta sepultura.
Al morir Antoni Amatller y Costa el 10 de febrero de 1910, a los 59 años, también fue enterrado en aquella primera sepultura de los Amatller. Recayó entonces en su hija, Teresa Amatller, la responsabilidad de guardar las voluntades del padre y mirar de hacer construir aquel nuevo panteón que él no logró en vida para él y su núcleo familiar. Para conseguirlo, por una parte, Teresa confió el proyecto al arquitecto Emili Sala i Cortés, del cual todavía hoy podemos reconocer como ejemplo de su obra en el Eixample la Casa Elizalde, de 1888. Por otra parte, cumpliendo la voluntad testamentaria de hacer el panteón en el Cementerio ‘del Suroeste’ en Montjuic, Teresa compró siete parcelas continuas, conformando en el día de hoy el área más grande para un panteón en este cementerio.
Emili Sala i Teresa Amatller, se dejaron aconsejar por quién había sido el asesor de colecciones de Antoni Amatller y que lo continuaría siendo para su hija: el historiador del arte y conservador del Museo Episcopal de Vic desde 1889, el sacerdote Josep Gudiol y Cunill. Siguiendo la pasión compartida por este y Antoni Amatller por el arte románico, propuso la edificación de una capilla en estilo neorománico, dividiendo los 145,6 m² del terreno adquirido por Teresa en 112 m² (cinco parcelas) para la capilla y aproximadamente 33,6 m² (dos parcelas) para un jardín posterior con una cruz de término en el centro. La planta de la capilla sería en forma de cruz latina, con un pórtico para entrada lateral, ábside y dos absidiolos laterales para acoger los sarcófagos del padre y la hija, únicos presentes en el interior de la capilla, construyendo también una cripta para trasladar al resto de los familiares que había dispuesto Antoni a su testamento.
Las obras empezaron en 1911, y se extendieron por fases durante cuatro años, acabándose el panteón a inicios del 1915, justo a tiempo para la conmemoración de un lustro desde la muerte de Antoni, ocurrida un 10 de febrero. Durante este tiempo participaron en la construcción varios artesanos, destacando los escultores, entre los cuales Eudald Brunet, un escultor vicense encargado de diseñar muchos de los detalles escultóricos, y quien en su factura final, reconoce haber seguido las ‘muy atinadas indicaciones de padre Josep Gudiol y Cunill’. También intervino puntualmente el escultor Eusebi Arnau, que tan presente está en el trabajo de la Casa Amatller.
El 9 de febrero de 1915 tuvo lugar el traslado de los restos de Antoni Amatller y los familiares indicados a su testamento desde el cementerio de Poblenou hasta el cementerio de Montjuic, y el 10 de febrero, exactamente cinco años después del deceso del conocido empresario chocolatero, fotógrafo amateur y coleccionista de arte de Barcelona, tuvo lugar la inauguración ritual de esta capilla funeraria, quedando este hecho patente en la iconografía interior del panteón, tema digno de otro escrito. Desde aquel año y hasta 1960, quedaría un sarcófago esculpido y vacío, esperando acoger el descanso eterno de Teresa Amatller y Cros, dando por concluida la voluntad paterna y confiando la conservación de este otro patrimonio familiar a la fundación que también con este otro objetivo creó.
Texto: Omar R. Guzmán Ralat, investigador y intérprete del patrimonio, Cases Singulars
Imágenes: Cases Singulars, Institut Amatller d’Art Hispànic
Agradecimientos: IAAH, Cementiris de Barcelona